"El conde sintió un dolor punzante en el corazón como nunca había sentido. Si ella moría, él no querría seguir viviendo" Julia, Karen Robards.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Londres, un trocito de sueño en cada esquina.




Todos los que me conocen saben de sobra cuál ha sido siempre el sueño de mi vida, el anhelo que, siendo una niña, gritaba a los cuatro vientos a cualquiera que quisiera escucharme: quería ir a Londres. Más concretamente, quería vivir en Londres. No obstante, dado que lo de mudarme así, a lo loco, no ha sido nunca, realmente, una opción, puedo decir que he cumplido mi sueño. He ido a Londres. He paseado por Hyde Park. Me he sentado a la mesa de lord Wellington. Y ha sido maravilloso.

Es difícil explicar por qué este viaje ha sido tan especial. He hecho antes viajes fantásticos, a sitios preciosos y con gente a la que quiero muchísimo. Pero nunca había sentido lo que sentía cada mañana cuando me despertaba y recordaba dónde estaba. Tal vez fueran las ansias por visitar esa ciudad. Quizá fuera la maravillosa compañía de la señorita Dama Blanca, sus ocurrencias y las risas que nos echábamos cada día. No sé qué fue, pero ha sido, sin duda, la mejor experiencia de mi vida. Por primera vez desde que tengo memoria, sabía qué respondería a esa pregunta que se me plantea cada mañana, nada más abrir los ojos, desde hace tantos años. Una pregunta sencilla, pero de respuesta complicada.

¿Dónde te gustaría estar?

                ¿En qué momento?

 Y sabía que respondería, simple y llanamente: “Justo aquí. Justo ahora”.

Esa sensación de no querer estar en ningún otro lugar no la había sentido jamás. Y puede parecer absurdo. A mí misma, la persona más absurda del mundo, me parece ilógico. Aun así, y dado que continuamente me encuentro con comentarios sobre lo sosos y aburridos que son los ingleses, sobre lo gris que es aquella ciudad, lo terrible que es el clima y no sé cuántas historias más, he decidido contar con qué nos encontramos nosotras.

En primer lugar, Londres es una ciudad condenadamente cara. Si cada vez que pago el 1,25 que cuesta el bus urbano en Vigo me rechinan los dientes, imaginaos al pagar las 2 libras 30 peniques que costaba en la capital inglesa. A esto hay que sumarle que para utilizar algunos baños (el de la estación Victoria, por ejemplo) había que desprenderse de una libra, que la mayoría de los sitios turísticos (la Tower of London, el Tower Bridge, la St. Paul Cathedral, etc.) tienen unas tarifas bastante elevadas y que comer no siempre es barato. No obstante, frente a esto, nos encontramos con que todos los museos son gratis (salvo las exposiciones temporales), con que existen descuentos y “trucos” para pagar la mitad en las atracciones y con que, si te sabes buscar la vida, puedes sobrevivir sin gastarte una fortuna (aunque sea a base de comida basura y luchando contra el sentimiento de culpabilidad de la señorita Ángela). Además, en ocasiones, lo que te encuentras compensa el coste. Es el caso de la Westmister Abbey, por ejemplo, un lugar sorprendente, con un trocito de magia en cada piedra, donde no es difícil imaginar que se ha retrocedido en el tiempo y que se ha pasado a formar parte de la historia de Gran Bretaña. O el London Eye, que te hace sentir cerca del cielo, que te permite ver esa inmensa ciudad con superioridad y hacer esas fotos de Westmister que la gente pone como fondo de pantalla. O Apsley House, el hogar de lord Wellington, repleto de regalos, de reconocimientos por su labor en la guerra, que te lleva a plantearte si este hombre luchó solo en Waterloo. Entre las paredes de esta mansión, descubrimos a su esposa que, tras esperarlo doce años, se casó con él solo para descubrir que ninguno de los dos sentía ya lo mismo por el otro. Conocemos a la hermana de Napoleón, una mujer ligera de cascos, cuyas escandalosas historias se contaban entre susurros en los salones londinenses y a la que no es difícil imaginarse tirándole los tejos al propio Wellington. Y nos reímos al descubrir que los pobres soldados de Wellington quisieron hacerle un regalo tan espectacular tras la guerra, que acabaron por no poder hacer frente al coste completo del mismo y el propio duque tuvo que pagar la diferencia. Y qué decir de la Tower of London, donde los fantasmas acechan entre las almenas; el Tower Bridge, cuya apertura desata las exclamaciones de sorpresa de los turistas que lo contemplan embobados o el Shakespeare’s Globe Theatre, donde no resulta difícil imaginarse a Otelo vengando la supuesta traición de su amada o a Romeo jurando amor eterno a Julieta.



En segundo lugar, Londres es una ciudad inmensa, repleta de calles cuyo final se difumina en el horizonte, callejuelas pequeñas que se cortan entre sí y plazas cargadas de actividad. Las casas, casi todas iguales según la zona, se alzan orgullosas a los lados de las calles. Los inmensos edificios se reservan para “la city”, la zona financiera. En el West End, sin embargo, son las mansiones victorianas las que miran despectivas a los transeúntes, las que sorprenden a los turistas y despiertan el interés de aquellas que, condicionadas por las cantidades industriales de novelas románticas que consumimos, buscamos en ella el reflejo del hogar de alguno de nuestros protagonistas. Y lo encontramos. Porque no es difícil imaginarse el carruaje de los hermanos Knight esperándolos en la entrada de alguna de aquellas espectaculares mansiones o a Amy Malory abriendo su sombrilla mientras desciende por las escaleras de mármol. No resulta complicado imaginarse a los hermanos Bridgerton hablando sobre el matrimonio en una de las aceras, mientras una joven tímida escucha como el amor de su vida afirma que jamás se casará con ella. Cualquiera, de hecho, puede imaginarse a Lily Lawson recorriendo aquellas calles, con paso apresurado, mientras se dirige al club de su amigo Derek Craven. 

Mientras recorres aquellas calles, con tus pies pidiendo auxilio después de la tortura de recorrer montones de kilómetros diarios, recuerdas, de repente, fragmentos de novelas en los que no habías reparado antes. Porque cada cartel, cada callejuela de esa prestigiosa zona de la ciudad ha tenido, probablemente, su momento de gloria en alguno de nuestros libros. Es entonces cuando no puedes evitar buscar esos sitios significativos, esos lugares que se repiten una y otra vez. Bow Street, White’s, Brooks o, incluso, Almack’s. Drury Lane y la prestigiosa Royal Opera House.

 Cuando los encuentras sientes ese “no sé qué” que te transporta, dejas atrás el mundo real y te ves envuelta en una de tus novelas. Y cuando no lo haces, cuando tras recorrer el plano montones de veces y buscar entre las calles sin descanso, descubres que no está te invade la decepción más absoluta (nos sucedió con Vauxhall Gardens aunque, finalmente, los encontramos… solo para descubrir que el paso del tiempo no ha jugado a su favor).


En tercer lugar, Londres es una ciudad superpoblada, en toda la extensión de la palabra. Resulta imposible encontrar una calle completamente desierta en la capital inglesa. Por todas partes hay gente. Gente muy diferente, de todas las culturas y razas, de todos los estilos y clases. Puedes encontrarte a los personajes más inverosímiles por la calle y, sin embargo, nadie parece sorprenderse. Asimismo, los turistas toman constantemente las aceras, cámara en mano, en busca de la imagen que dé sentido a ese viaje. Y aquí es cuando tengo que hablar de los londinenses, esos individuos que caminan por la calle, con prisa o con parsimonia, pero que llevan escrito en la frente que pertenecen ya a ese lugar, aun cuando, probablemente, ni siquiera naciesen ahí. Son esos tipos que acuden apurados a alguna parte, se cruzan en una de tus fotos, y te piden perdón mil veces por haber interrumpido una foto que puedes volver a hacer sin problema. Son esos que te miran perdida, mirando un mapa con cara de pocos amigos porque esa calle en concreto en la que te encuentras no aparece, se acercan y te preguntan a dónde quieres ir. Son esos que te acompañan cuando las indicaciones son demasiado confusas. Es esa señora que, con prisa, repiquetea con sus zapatos de tacón los adoquines de la acera, pasando a nuestro lado cuando contemplamos, consternadas, una inmensa calle que no sabemos cómo cruzar. Esa señora que pasa corriendo y vuelve atrás para indicarnos que existe un túnel que atraviesa la transitada carretera. La misma señora que, recordando que dicho túnel se bifurca y no hay señales en el interior que indiquen a qué lugar va a dar cada rama, regresa de nuevo y nos explica a dónde se dirige cada bifurcación. Esa señora que se disculpa con prisa y sigue su camino porque llega tarde. Y entonces recuerdas esas afirmaciones sobre los ingleses. Sobre lo sosos y aburridos que son. Sobre lo distante y frío de su carácter. Y no te lo crees porque lo único que ves es a personas extremadamente educadas, que te ayudan sin que lo pidas, que no se escandalizan cuando destrozas completamente su idioma (eso me hizo recordar a algunos franceses que, por olvidar el “pas” de la negación, parecían a punto de comenzar una guerra contra mi país).

En cuarto lugar, Londres es una ciudad que funciona al revés. Como todo el mundo sabe, los ingleses conducen por el lado contrario. En este punto me gustaría hacer un inciso ya que, debido a la curiosidad que me produjo esta práctica, decidí investigar sobre el asunto y he descubierto que, en realidad, somos todos los demás los que conducimos al revés. Resulta que las teorías más aceptadas afirman que en la Edad Media, los jinetes preferían conducir por la izquierda. Esto se debía a una cuestión práctica, y es que, de cruzarse con un enemigo, preferían que este pasase a su derecha ya que era con esa mano con la que empuñaban la espada (hay que tener en cuenta que la mayor parte de la población es diestra). Con el paso de los siglos, los coches de caballos mantuvieron la costumbre, pues los conductores usaban el látigo con la mano derecha y, si condujesen por ese mismo lado, correrían el riesgo de lastimar a algún transeúnte que caminase por la acera. ¿Por qué entonces la mayor parte del mundo conduce por el lado derecho en la actualidad? Pues parece que los ingleses, al final, tienen razón: para llevarles la contraria. Al parecer Napoleón, en su afán por fastidiar a los británicos, decidió que en Francia y todos los territorios que había conquistado se condujese por la derecha.

Al hecho de conducir al contrario que los demás, debemos añadir que miden en pies, pulgadas o yardas, pesan en onzas, los grados son Fahrenheit y los líquidos van en pintas. Pero ahí no queda la cosa. Las puertas abren al revés, los cubiertos se colocan en el lado contrario al que estamos acostumbrados y la ropa abrocha al revés. En las cartas de los restaurantes aparecen las Kcal de cada alimento, no hay un centímetro de la ciudad que no esté siendo grabado por una cámara y los conductores de autobús se indignan si tienes la desfachatez de intentar pagarles con dinero. La propina se estipula en un 15% y haces grandes amigos si te encuentras generosa (o no tienes ganas de romperte la cabeza con los peniques) y dejas algo más. Asimismo, el azúcar no endulza (Dama Blanca puede dar fe de ello ya que ella y sus sobres de “La azucarera” despertaron la desconfianza de más de un huésped del hotel), el símbolo de Opel es diferente y la basura se deja en la puerta de casa para que la recojan (los contenedores, por lo que hemos visto, son escasos). Los números de las calles van seguidos (nada de pares e impares) y cada lado de una misma calle tiene un nombre diferente. La gente es impermeable (tú estás empapada a pesar de ir con tu paraguas y ellos se pasean en mangas de camisa y la lluvia no parece calar en ellos) y tienen coca cola de cereza. Finalmente, una cosa que nos llamó considerablemente la atención fue que en una sola semana miramos más Porsche, Ferrari, Aston Martin, Jaguar y demás coches de alta gama que en toda nuestra vida. Raro era el día que no nos cruzábamos con, al menos, media docena de Porsche y otros tantos deportivos por el estilo. Esto, unido a las diferencias entre los distritos, nos lleva a una conclusión que desluce un poco la ciudad: las diferencias sociales siguen siendo enormes.

 En quinto lugar, Londres es una ciudad mágica. Un día, caminando tranquilamente por la calle, puedes encontrarte a Johnny Deep a punto de estrenar su última película. O, mientras estás sentada en un banco de Hyde Park, una ardilla puede escalar tu pierna hasta tu rodilla para contemplarte con la reprobación en el rostro de quien sabe que tienes comida y no se la estás dando.


En sexto lugar, Londres es una ciudad silenciosa. Sí, sí, silenciosa. Teniendo en cuenta su población, es una ciudad tremendamente tranquila. La gente no grita al hablar, parece no sentir esa imperiosa necesidad de defender sus opiniones a voz en grito en cualquier esquina. La gente no se para en medio de la acera, bloqueando el paso, para arreglar el país gesticulando y berreando. Asimismo, a pesar de ser testigos de auténticas cafradas, no escuchamos sonar el claxon ni una sola vez. Cambios de sentido en medio de una carretera tremendamente transitada, giros inverosímiles, situaciones que, al menos en mi ciudad, no solo harían sonar más de un claxon sino que, además, harían que algún conductor especialmente irascible se bajase del coche para ofrecer un bofetón al desdichado que se hallase al otro lado del volante. En Londres, frente a eso, la gente simplemente paraba, esperaba y proseguía su camino.

Llegados a este punto, creo que va a ser mejor despedirse porque podría pasarme días enteros (literalmente, sino que os lo digan mis amigos y familiares) hablando de esta ciudad que, como es evidente, me ha enamorado, pero no serviría de nada porque Londres es una ciudad espectacular, mágica, pero lo mejor es ir allí y comprobarlo de primera mano. No obstante, antes de poner el punto final, he de decir que no encontré a Sebastian St. Vincent, pero nos cruzamos con Nick Gentry, Gage Travis y Alec Knight… Digo yo que serían ellos porque, sino, se les parecían mucho.
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